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viernes, 5 de enero de 2018

Conquista del desierto: Los Aoniken argentinos y los mapuches chilenos


Día de la Raza 
Por Rolando Hanglin | Para LA NACION 



Los argentinos tenemos un defecto que es, a la vez, nuestra virtud cardinal. Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país. Formamos parte de la marea humana que bajó de los barcos entre 1880 y 1920, cuando aún no estaban bien tapados por la tierra piadosa los cadáveres de miles de víctimas. Indios y cristianos, rehenes y cautivas, caciques y milicos, todos ellos caídos en la gran guerra indio-cristiana, entre 1820 y 1890. 



Siendo, pues, medio gringos, poco podíamos saber de los malones, los fortines, de Roca y Villegas, de Pincén y Calfucurá. ¡Para nosotros, los indios eran unos tipos con plumita que aparecían en las películas de cowboys! Siempre perdiendo la batalla. 

Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país 
Por eso nos sorprende que, hoy día, los supuestos descendientes de aquellos indios, hoy llamados "mapuches", reclamen propiedades de lugares como Bariloche, Aluminé, La Angostura e incluso Toay, La Pampa. 


Vamos por partes. 

En realidad, el término "mapuche" fue inventado por el etnólogo norteamericano Edmond E. Smith en 1850, y luego difundido en distintos países de América. El significado es claro: mapu:tierra; che:gente. Del mismo modo, yo mismo, aficionado a la lengua de la Patagonia (mapu-dungún) he bautizado a mi quinta de fin de semana "Epu-Trehua" (los dos perros) y a un chalecito que tengo en Chapadmalal, "Antu-Catán" (casa del sol) sin por ello reivindicar ninguna raíz histórica. 

Leyendo las obras de Lucio V. Mansilla, Estanislao Zeballos, Manuel Prado y otros autores del tiempo de los fortines, no encontramos nunca la palabra "mapuche". Jamás se habló de semejante tribu o nación. La literatura de 1820-1880 habla, sí, de los pampas, los serranos, los araucanos o chilenos, los vorogas, los tehuelches, los tubichaminís. Pero la palabra mapuche no aparece jamás. La historia y la antropología coinciden en que el territorio argentino, de San Luis hacia el sur, estaba ocupado por los tehuelches septentrionales (pampas, aoniken) los tehuelches meridionales (pampas, guenaken) y los tehuelches que habían pasado a la isla, conocidos como onas. Estos paisanos integraban una comunidad de cazadores-recolectores. No cultivaban la tierra ni mantenían el concepto de propiedad privada o límites nacionales. Apenas el de "espacio vital", que mudaban de asentamiento en aquellas inmensas extensiones, buscando siempre caza abundante de guanacos, venados, piches, avestruces. Ocupaban, pues, sin ocuparlo, un país inmenso. Se cree que estos tehuelches (o sus antepasados) estamparon las paredes rocosas de la Cueva de las Manos hace 8000 años. Afirma Casamiquela que, cuando se fundó Carmen de Patagones, los tehuelches se arrimaron a traficar plumas de ñandú y cueros de guanaco. Lo mismo hacían en Punta Arenas, en 1850, y en 1865 con la colonia galesa, en el valle del Chubut. Era una actividad de significación económica muy superior a lo que hoy puede parecer. Todos los testimonios concuerdan en que la gente tehuelche era pacífica y dispersa. 



Por eso es raro que hoy, en 2012, surjan comunas o movimientos o sindicatos de identidad "mapuche" que reclaman campos o tierras en Chubut , Río Negro, Neuquén y Santa Cruz. ¿De dónde vienen? ¿Son pueblos originarios de nuestro país, a los que la República les debe algo porque les ha jugado sucio, ocupando sus espacios y estrangulando sus medios de vida? 
El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile. 
Vamos a dejar la respuesta a don Rodolfo Casamiquela, etnólogo y antropólogo fallecido en el año 2008, pero no sin escribir 24 libros y 200 monografías sobre el tema. Casamiquela, nacido en Jacobacci, se consideraba el último hombre capaz de pronunciar correctamente el idioma tehuelche del norte (o sea, "pampa") y su veredicto fue contundente: "Los mapuches son chilenos". 

Otros conceptos: "Hoy sólo se habla del mapuche. Los tehuelches se auto-suprimieron u olvidaron su propia historia, a pesar de que hoy existen muchos descendientes, como los Chagallo, Yanquetruz, Sayhueque, Foyel, Catriel, Chiquichano, Chelqueta, Chingolé, Chalao, Chacamata, Cual. Estas familias son los tehuelches que quedan, es decir los llamados pampas. Fueron un linaje de enorme poder potencial, que se fue araucanizando o mapuchizando a partir de la lengua. El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile. Muchos jefes indios chilenos tomaron partido por el Rey de España y, en el contexto de una guerra a muerte, cruzaron la cordillera para salvar la vida. Aquí fueron recibidos por algunos parientes y, poco a poco, autorizados por el brigadier Juan Manuel de Rosas a instalarse en las provincias del Río de la Plata. 

Uno se pregunta si los tehuelches, pueblo originario de Pampa y Patagonia, fueron exterminados por los araucanos chilenos, o por las fuerzas militares argentinas, o por alguien. 

Casamiquela: "El tema es la lengua. Para negociar con el español, se celebraban los llamados parlamentos, o sea, asambleas de oratoria y diplomacia donde cada jefe (ulmén) con sus capitanejos o caciquillos, y los representantes del blanco o huinca (derivado de los incas, que también intentaron someter a los araucanos con poca suerte) rivalizaban en alocuciones y figuras retóricas para "ajustar las paces". En este terreno diplomático, el idioma mapuche era muy superior al tehuelche. Preciso, claro, bello, simple, rudo, el mapudungun es una lengua muy valiosa. Con ella penetra la religión, predominando entonces lo mapuche sobre lo tehuelche". 

Llegamos a la conclusión de que los mapuches chilenos no exterminaron a los tehuelches argentinos, sino que se agruparon en distintas federaciones, en las cuales predominó siempre la jefatura militar mapuche. Según atestiguan con todo detalle viajeros históricos como el inglés Musters, los tehuelches eran tenidos por "gitanos, vagabundos, bohemios, indisciplinados". 

Dice el Profesor Casamiquela: "El mapuche no tiene profundidad histórica en Argentina. Lleva 100 años aquí". En este sentido, es como los italianos, los irlandeses o los croatas. Sigue diciendo Casamiquela: "Cuando vino a nuestro país el Profesor Erice, autor del máximo diccionario mapuche, no encontró ningún hablante de esa lengua en Viedma. Aquí en Jacobacci quedaban los Linares, descendientes de un cautivo de ese apellido que se casó con la hija de un cacique, radicado en la laguna del Juncal, pero eran tehuelches. También son tehuelches los criollos de apellido Entraiga o Castelo. En resumen: los derechos que reclaman hoy los mapuches sobre la tierra... no existen. Esto es historia, no teoría. Actualmente las cosas se mueven políticamente. Entonces, los mapuches chilenos dicen que son argentinos y empiezan a reivindicar toda una vida en nuestro país. Al historiador, eso no le interesa. Lo que pueda decir un político, un abogado... eso es otra cosa". 



Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos. 
Históricamente, el nombre de Patagonia evoca a un territorio habitado por hombres de pies enormes, y muy altos. 

Dice Casamiquela: "Lo que pasa es que los españoles eran bajitos, y además miraban desde abajo a los tehuelches, que estaban subidos a la loma de un médano. De cualquier modo, en 1896, un francés llamado Delavaux, que recorría el trazado de la ruta 40, en el sur de Chubut, excavó una tumba tehuelche y midió el esqueleto del hombre allí enterrado. Le dio 1,99m. Otra excavación, en Península Valdez, permitió verificar los dos metros. Son la etnia más alta del mundo". 

Grandotes pero muy dados al vicio, demasiado libres en sus costumbres, mansos y bondadosos, los tehuelches hicieron buenas migas con los galeses de Chubut y, en general, no molestaron a nadie. Se dejaron colonizar por los araucanos chilenos, primero, y por la República Argentina, después. 

Uno de los últimos héroes del linaje tehuelche o pampa fue, sin duda, el cacique Pincén. Se lo recuerda como Vicente, Juan o Francisco Pincén. Según la paisanada, el apellido se pronuncia correctamente Pisen, o Piseñ o Pincel, pero siempre con acento en la "i". 



Existen cuatro fotos de Pincén. Lo vemos con su chiripá, sus botas de potro, su lanza corta, sus bolas enroscadas al cuello, el torso desnudo, la melena larga sujetada por una vincha, y lo apreciamos idéntico a.¡Alberto Olmedo!. También podría parecerse a don Alberto Rodríguez Saá, aunque este último, más corpulento , conserva la altura y el carisma de sus antepasados ranquelinos. 

Algunos rechazan el Día de la Raza porque parece clasificarnos a nosotros, los seres humanos, tan espirituales, como perros de raza "golden retriever" o vacas, de raza Heresford. La verdad es que todos los hombres pertenecemos a la misma raza, pero con grandes variaciones étnicas: no es lo mismo un sueco que un senegalés. 

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos, que entraron a nuestras pampas -básicamente- a robar ganado y capturar mujeres rubias. En el camino, resultaba inevitable lancear o degollar a unos cuantos argentinos. ¿Qué se le iba a hacer? ¡Eran huincas! 

Pero esa es otra historia. Por el momento cerramos este modesto apunte con el saludo que se utiliza aún hoy en la Patagonia, al cruzarse los caminos de los viajeros: "Mari-marí". Esto significa textualmente "diez-diez". Que te vaya bien, que te vaya "de diez". Y a veces, para que esa salutación al paso resulte más cálida, se la enuncia más completa. "Mari-marí peñí". O sea: Adiós, hermano. 

NOTA: Las fuentes de este artículo son el sitio de internet "Los Matuastos- Periodismo" (domingo 9 de septiembre de 2012) y "Pincén, vida y leyenda" de Juan José Estévez, publicado en 2011.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El robo de los blancos de Villegas

Robo de los Blancos de Villegas


Los blancos de Villegas

De todos los episodios que integran la vasta y heroica tradición de la conquista del Desierto, uno de los más conocidos es el robo de los caballos del coronel Conrado Villegas, que fue relatado por el comandante Manuel Prado en su “Guerra al malón”.  Fue un golpe de audacia ejemplar de los indios, respondido por un acto de arrojo y sacrificio por parte de los soldados fronterizos que conmueve y asombra.  El solo episodio da para una película, tan vivaz y dinámica como la del mejor “western” norteamericano, pero con una ventaja en su favor: es auténtica.

En el año 1874, el general Bartolomé Mitre se había alzado contra el gobierno constituido aduciendo que se había hecho fraude en las elecciones presidenciales.  La Revolución mitrista alzó al interior bonaerense y contaba con el apoyo de estancieros que proveyeron de buen grado sus caballadas.  Pero la revolución fracasó con la derrota sufrida en los campos de La Verde, los revolucionarios depusieron sus armas, y el gobierno les confiscó las caballadas.  Las tropas gubernistas que sofocaron el alzamiento estaban integradas principalmente por efectivos avanzados de la frontera, y sus jefes se repartieron las numerosas caballadas.

El coronel Villegas, Jefe del Regimiento de Caballería Nº 3, había comprendido, tiempo atrás, que no habría victoria posible y duradera sobre los indios si no se contaban con buenos caballos.  Aprovechó entonces y reunió para su regimiento seis mil animales de silla.  De ellos, tras lentas y personales selecciones, se quedó con lo mejor.  Luego, de ese lote apartó 600 pingos blancos, tordillos y bayos claros, destinados exclusivamente a servir como reserva para el combate o para una retirada imprevista.

Villegas transformó a los caballos blancos en una obsesión, y finalmente en un mito.  Recibieron instrucción especial, y eran mejor cuidados que los soldados.  Estos, hasta llegaban a despojarse de su poncho si no tenían manta para cubrirlo en las noches de helada, y resignarse a pasar hambre, en tanto su flete blanco recibía ración de forraje -¡todo un milagro en la precaria economía militar de entonces!.  Cuando los soldados se adaptaron a las posibilidades que por fin tenían al alcance de sus riendas, el 3º de Caballería adquirió fama legendaria, y aún entre los indios se revistió de contornos fantasmales, de leyenda.

La caballería blanca de Villegas caía como un aluvión de nieve sobre las huestes pampas.  Y Villegas y sus hombres, curtidos en todos los extremos del coraje, daban pábulo a los más increíbles actos de heroísmo, validos de la fortaleza que daba semejante montura.  Los blancos de Villegas eran un azote para el indio y un orgullo para los soldados de la frontera.

En la noche del 21 de octubre de 1877, un grupo de indios concibió dar un golpe de audacia al campamento del 3º de Caballería, en Trenque Lauquen: robarle los caballos blancos al coronel Villegas.

Esa noche, como otras, los blancos habían sido encerrados en un corral, a pocas cuadras del campamento.  El corral estaba delimitado únicamente por una zanja bastante profunda y ancha, que las caballadas no podían cruzar.  Ocho soldados, al mando del sargento Francisco Carranza, quedaron comisionados para cuidar la puerta del corral.

La noche era tranquila.  Nada indicaba la proximidad de los indios.  La modorra fue aconándose en los párpados de los rudos hombres de Carranza, y con el primer frescor de la noche quedaron dormidos sobre sus carabinas.

Esta fue la oportunidad aguardada por los indios.  Practicaron un portillo en el fondo del corral, rellenando la zanja.  Con sus ojos, que penetraban la noche más cerrada,  distinguieron en las sombras a las madrinas.  Las tomaron sin que se espantaran, y las fueron sacando de a una.  Tras ellas, dócilmente, siguieron los caballos de cada tropilla.  Así, los seiscientos….

Cuando con la diana, la guardia despertó, se halló con la novedad: ¡Los blancos habían sido robados!….

La palidez con que Villegas recibió la noticia indicó que una tormenta de ira iba a estallar.  Mando buscar al segundo jefe del Regimiento, el mayor Germán Sosa.

La orden fue tajante: armar una dotación de 50 hombres, incluir en ella al sargento Carranza, y en media hora salir en persecución de los indios ladrones.  Si Carranza no se comportaba a la altura de las circunstancias, debía recibir cuatro tiro por la espalda.

Entre los cincuenta individuos había tres cadetes: Prado, Supiche y Villamayor.  Marchaban también el mayor Rafael Solís, el capitán Julio Morosini (el mismo que recibiera, años más tarde, la rendición de Manuel Namuncurá en Fuerte General Roca) y los tenientes Spikerman y Alba.

Se los racionó con una porción de charqui como para cuatro días, y cien balas por hombre.

Villegas los vio partir, con la mirada sombría, desde la puerta del rancho que oficiaba de comandancia, y le dijo al mayor Sosa, cuando pasaba frente a él:

- No se animen a volver sin los blancos.

Marcharon cuatro horas.  Cuando el solazo pampeano del mediodía comenzó a morderles la nuca y el cansancio pesaba como una mochila sobre las espaldas, acamparon a orillas de la laguna Mari Lauquen.

El mayor Sosa dispuso una guardia porque se hallaban ya en territorio dominado por los indígenas.  Durmieron hasta el atardecer, y reanudaron la marcha no bien entró la noche.  A las diez de la mañana del día siguiente, hicieron alto para acampar.

Sosa había marchado silencioso durante toda la noche.  Cuando detuvieron la marcha ya había tomado una resolución.  Llamó a Solís y se la explicó brevemente: continuar esa expedición era conducir el medio centenar de hombres a la muerte, sin beneficio alguno.  Por consiguiente, acamparían.  Luego Sosa saldría durante la noche con el sargento Carranza.  Irían los dos en dereceras a alguna patrulla de indios con la que se trabarían en lucha hasta caer muertos.  A la mañana siguiente, al percibir Solís la ausencia de Sosa y Carranza, debía despachar descubiertas para buscarlos.  Volverían sin encontrarlos, o con sus cadáveres, y entonces Solís debía disponer el regreso al campamento.

En tanto, debía salir ahora con el cabo Pardiñas a reconocer un monte, y un bajo que se hallaban próximos, y en los que Sosa pensaba establecer el campamento desde el que ejecutaría su plan suicida para salvar a sus demás hombres de las iras de Villegas.

Pero estaba de Dios, que Sosa no iría a terminar sus días en las trágicas circunstancias que había elegido.  Media hora más tarde, regresaba el cabo Pardiñas, haciendo señas desde lejos.  El propio mayor Sosa le salió al encuentro.  Dios había puesto en el camino de esos soldados la posibilidad de salvarse, a punta de coraje.

En el monte que desde la distancia Sosa había elegido para acampar, había precisamente unos toldos.  Y en el bajo de la laguna, ¡los caballos blancos robados!…. Con ellos, una gran caballada que pastoreaba sin vigilancia a la vista.

Cambiaron los caballos de marcha por los de reserva en un santiamén.  Y en el silencio más absoluto se acercaron, al paso.  El mayor Solís en tanto, había estado observándolo todo.  La mayoría de los indios de pelea -83 en total-, dormían en los toldos, o jugaba a los naipes.  Con ellos estaban 129 mujeres, niños y ancianos.  Confiados en exceso por la fortuna del golpe dado contra el cuartel de Villegas, no habían puesto custodia; ni siquiera atado sus caballos.  La forma de atacarlos podía ser ésta: Unos veinte hombres debían atropellar hacia el bajo y arrear las caballadas.  El resto cargaría sobre los toldos para aplastar cualquier intento de reacción.  Había que actuar rápidamente para que nadie del grupo pudiera dar aviso a otras tolderías.

El teniente Alba descargó su ataque con los veinte hombres hacia las caballadas.  Solís encabezó la carga a los toldos.  Los caballos blancos, no bien sintieron el ruido familiar de los sables y los gritos de sus antiguos dueños, arremolináronse e hicieron punta hacia el camino y el resto de la caballada los siguió.  Nunca arreo tan grande fue reunido en menos tiempo.

Sosa y Solís redujeron a la impotencia a la indiada.  Cayeron sobre ellos como una centella.  El trompa de órdenes tocó llamada y el pelotón al mando de Alba enderezó con los caballos hacia los toldos.  Mudaron caballos e iniciaron el regreso.


La furia en las lanzas

La retirada se dispuso de inmediato.  Una fina columna de humo elevándose en el horizonte indicaba el peligro.  Era la que había encendido el tropillero de la tolda, el único que alcanzara a escaparse del aluvión mortal del mayor Sosa.  Seguramente estaría llamando a otros indios en su auxilio.  ¡Pero los blancos se habían recuperado!.

La marcha iba a ser lenta.  Había que empujar un arreo importante, y la chusma prisionera.  Por eso, 30 hombres se pusieron detrás de la tropa como escolta.  Y encima de ellos, una nueva orden terrible: matar al animal que se cansara.  Y seguir adelante.

Promediaba la tarde cuando comenzaron a ver, a sus espaldas, los primeros contingentes indígenas, convocados por la llamada de humo.  Para los soldados, el recurso era acercarse lo más posible al campamento, y si era factible, atravesar la famosa zanja de defensa, que mandara construir por esos años el Ministro de Guerra y Marina,  Adolfo Alsina.  Es decir, dar tiempo al Regimiento a que saliera a defenderlos.  Los indios, que también habían comprendido, querían cortar a cualquier precio la marcha.

Caía la tarde cuando una numerosa columna les dio alcance.  Corrían de flanco para interponérseles.  El comandante Prado –que dejó relatado este episodio en su libro “La guerra al malón”- así describe el episodio:

“Nahuel Payun en persona –el capitanejo más valiente de Pincén- nos salía a la cruzada.  Reunió cincuenta o sesenta indios y se precipitó sobre las caballadas, resuelto a dispersarlas.  Antes de llegar tropezó con un  grupo que mandaba Sosa y al pretender desviarse cayó bajo los sables del pelotón de Morosini.  El espectáculo debió ser magnífico, imponente.  Nosotros huyendo en una nube de polvo, mezcladas mujeres y caballos, arreando las chinas y los animales a punta de lanza, gritando como locos, y allá un poco a la izquierda, la fuerza de Morosini, entreverada a sable con el malón, en un infierno de alaridos, en medio del estruendo de las armas, pretendiendo los unos a arrollar al puñado de bravos que se levantaba como inquebrantable barrera, entre el furor del bárbaro y la presa del cristiano; forcejeando los milicos por contener la horda ciega de ira y sedienta de venganza”.

Cuando el ataque fue rechazado, mudaron los caballos.  Y luego apretaron la marcha, ya con desesperación.  Un nuevo ataque fue rechazado.  A medianoche hicieron una hora de alto, y luego continuaron la marcha.  Los indios, en tanto, los seguían a prudente distancia, pero no atinaban a cargarlos nuevamente.

Poco antes de llegar al campamento, Sosa dispuso cambiar caballos.  Los soldados montaron los blancos.  Y así, con grave aire de compadres, como una palpitante masa fantasmal, entraron a Trenque Lauquen.

Marchaban alineados, al tranco.  Y Sosa pasó con la columna, polvorienta y victoriosa, frente a la comandancia.  Desde el vano de la puerta Villegas, con el chambergo sobre la nuca, según su costumbre paisana, los vio pasar.  Silencioso.  Todavía enculado….  Cuentan que estaba tan pálido como sus caballos.  Sin duda presentía que, a pesar de haber sido vengada la audacia de los indios, el episodio del robo de sus blancos correría por toda la pampa como una burla gritada, como el alarido del salvaje golpeándose la boca, como una basureada más, acaso una de las últimas que se permitía la indiada y como tal, todavía más sabrosa…

Fuente


  • Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
  • Nario, Hugo I. – Basuriando al cristiano!
  • Portal www.revisionistas.com.ar
  • Prado, Manuel – La guerra al malón – EUDEBA, Buenos Aires (1960).
  • Todo es Historia – Año II – Nº 14. Junio 1968.
  • Turone, Gabriel O. – El robo de los blancos de Villegas


• Los Blancos de Villegas (video)


viernes, 8 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El combate de Paragüil

Batalla de Paragüil



Monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate de Paragüil

El 1 de marzo de 1876 el coronel Salvador Maldonado tiene que hacer frente en Horquetas del Sauce a 2.500 lanzas, que resultan batidas.  Pero, rehechos los indígenas del revés sufrido, vuelven a irrumpir en los poblados, y son nuevamente vencidos por el coronel Victoriano Rodríguez y el teniente coronel Antonio Dónovan en el Paso de los Chilenos.  El salvaje combatía con furia a pie o a caballo, como lo demostró en el combate de La Tigra, cuando miles de vacunos, lanares y yeguarizos eran arreados para la toldería.  Después de dos días de seria refriega, los comandantes Vintter y Freire consiguen arrebatarle 250.000 cabezas.

Sin embargo, la batalla decisiva que dio en tierra con el propósito terrorista y de intimidación de esta serie pavorosa de malones, fue la de Paragüil.  Del 16 al 18 de marzo se desata sobre el torturado escenario de Juárez, Tres Arroyos y Necochea una ola brutal de 3.000 jinetes al mando del propio cacique Manuel Namuncurá, de Juan José Catriel y de Pincén.  Al coronel Levalle corresponde la grave responsabilidad de hacerles frente.  Junto a la laguna de Paragüil se da la más encarnizada batalla de la serie conocida por “invasión grande”.  Los indios rugían como bestias embravecidas, resueltos a triunfar o morir en el combate, y la suerte de la batalla se tornaba adversa para Levalle después de cinco horas de sangriento entrevero.  La superioridad numérica del aborigen se imponía gradualmente, y ya tocaba a su fin la resistencia de los nuestros, encerrados en un estrecho círculo de lanzas y alaridos, cuando se produce la intervención providencial de Maldonado, “la mejor lanza del ejército, discípulo de Sandes, que entra en la batalla como un ciclón de aceros relumbrantes, a cuya vista el indio se sobrecoge de terror y huye abandonándolo todo y para siempre”. (1)

El coronel Nicolás Levalle dirige la siguiente nota al Ministro de Guerra y Marina, Coronel Alsina: “Campo de Combate, Laguna Paragüy (sic) Marzo 19 de 1876  - Estimado Sr. Ministro y Amigo: Tengo el placer de comunicarle que ayer a las 5 de la tarde he batido a los indios que estaban en este punto, derrotándolos completamente, no habiendo podido efectuar persecución por haberse fraccionado los indios en su derrota, unos hacia el sur, los que probablemente saldrán entre Libertad y Lamadrid, y otros al sur-oeste, lo que me supongo saldrán entre Aldecoa y Defensa.  Esto por una parte y por otra, por haber cerrado la noche y estar casi a pie, pues en el trayecto que he recorrido, que son nueve o diez leguas de campo completamente guadaloso, con una caballada que había hecho mas de 40 leguas, se postró completamente, dejando la mayor parte de ella, pues era necesario batirlos a esa hora y en todo trance, después que nos habían descubierto, a fin de que no se llevasen el arreo”

“Sr. Ministro, no puedo calcular en este momento el inmenso arreo que había, debiendo hacerle presente que los indios tenían muchas majadas de ovejas y muchos otros objetos.  Sr. Ministro, los indios que había en este punto serían 1.500, lo que me hace suponer que hay indios adentro, y temiéndome que muchos de ellos puedan reunir la inmensa cantidad de hacienda que había aquí que se retiraba para adentro.  No pudiendo darle a V.E. datos exactos hasta este momento, pues ha amanecido una neblina tan densa y que dura hasta este momento, que son las 10 de la mañana, que no se distingue a una cuadra de distancia, sin embargo he mandado los tres Regimientos de Caballería a explorar el campo en distintas direcciones, buscando las rastrilladas, los que hasta este momento no tengo parte, sin embargo, abrigo la esperanza que algo mas se puede hacer, pues se han avistado grupos de indios por parte de unos bomberos que acabo de recibir”.

“Sr. Ministro, al terminar ésta, debo hacer presente la brillante comportación de los Regimientos que han chocado, que son el 1º y el 11º, no habiendo cabido tal suerte al Regimiento 5º por haber iniciado su carga apoyado por infantería, a la vista de la que, los indios se retiraron a media rienda, habiendo seguido el Regimiento hasta donde pudo, y completamente cerrada la noche, mande tocar reunión a fin de organizar las fuerzas y que se nos incorporasen grupos de soldados que habían quedado a la retaguardia con los caballos cansados”.

“Sr. Ministro y amigo: Lo felicito con el profundo pesar de que esta jornada no haya sido tan completa como yo deseaba, los indios han dejado treinta y tantos muertos, llevando muchos heridos, por nuestra parte no tenemos mas que dos heridos del Regimiento 1º de Caballería y un soldado de mi escolta, un piquete de 20 hombres del Batallón 5º, la que también una parte de ella cargo. – Nicolás Levalle”

“P.S. Sr. Ministro, entre los indios que había, en su mayor parte eran los de Catriel, los que se han batido bravamente, haciéndonos fuego con muchas carabinas, Remington y revolver, encontrándose Juan José (Catriel) enancado y el que se supone herido. El caballo del coronel Plácido López recibió en la cabeza un balazo de Remignton. Vale”.

Este combate tuvo enormes trascendencias en el curso de la campaña.  Cada vez arraigaba con mayor fuerza en la conciencia del enemigo el sentimiento de inferioridad ante la eficaz organización del cristiano.  A partir de entonces las cosas fueron de mal en peor para el ambicioso y astuto cacique de la última gran confederación india que dominó en las llanuras.  De ahí que empezase a retroceder tierra adentro, dejando para siempre la iniciativa en manos de las tropas nacionales.

Los hombres del gobierno tenían conciencia de su superioridad indiscutida, aunque seguían negociando como de “potencia a potencia”.

En la mayoría de los casos, sin embargo, los frutos de la diplomacia eran malogrados por ejecutores subalternos.  El Dr. Alsina trataba de excluir la violencia en beneficio recíproco, eliminando motivos de represalias por parte de los aborígenes; pero éstas se producían fatalmente.  Unas veces era porque la yerba o el azúcar ofrecidos no llegaban, o porque las vacas convenidas eran flacas y viejas, otras porque algún indio era maltratado, infringiéndose así la solemne estipulación.  Resultaba de todo ello que los indígenas atribuían falta de seriedad al gobierno de los huincas, el que no le merecía crédito ni confianza.  Esto y la carencia de recursos los movía muchas veces al malón.

Tal estado de cosas hacía temer la renovación de la lucha secular.  Namuncurá trataba de eludir la guerra abierta, siempre que ello no redundase en su descrédito, ni socavase la confianza de las tribus en su jerarquía política y militar.

Informado, ya por los bomberos que espiaban los movimientos de las tropas gubernamentales, ya por la lectura de la prensa de oposición bonaerense, que denunciaba indiscretamente los supuestos errores de los planes ministeriales, y aún, en última instancia, por la impresión directa de sus hábiles “cancilleres”, que entrevistaban a las autoridades argentinas para negociar acerca de cualquier extremo de sus relaciones; al corriente, en fin, de los designios del Dr. Alsina, disponía ataques aislados y distantes para desarticular el dispositivo enemigo.  Conocedor de los efectos del Remington, se dispersaba y alejaba inmediatamente después del asalto, esquivando todo choque sostenido y formal cuando no se producía al amparo de las sombras.  Considerando que los planes militares del adversario podían ponerlo en peligro, organizó una serie de malones con la idea de enmascarar su verdadero propósito, que era llevar un ataque a la propia ciudad de Buenos Aires, para lo cual había convocado hasta 6.000 lanzas.  Las acciones dispersas le depararon cuantioso botín.

Quince kilómetros al norte de la estación ferroviaria de Paragüil se halla un monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate.

Referencia


(1) E. Stieben – De Garay a Roca – Buenos Aires (1941).

Fuente

Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires (1963).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

martes, 7 de noviembre de 2017

Conquista del desierto: Recordando a Oris de Roa y los fucking araucanos

El decisivo rol del bisabuelo de Fernando Oris de Roa, nuevo embajador en EEUU, en la derrota mapuche en el SXIX

Un apellido con historia. El flamante representante argentino en los EEUU es bisnieto del general que destruyó la última resistencia araucana en el sur, y marcó el final de "la Argentina del degüello"

Por Rolando Hanglin | Infobae


El cacique Sayhueque con parte de su gente


Lino Oris de Roa (1845-1920), bisabuelo de Fernando Oris de Roa, recién designado embajador en los Estados Unidos por el presidente Mauricio Macri, fue un destacado oficial del Ejército argentino: se lució tanto en la acción -Guerra del Paraguay, Campaña del Desierto- como en cargos administrativos -de profesor y subdirector del Colegio Militar a jefe de Estado Mayor-. En especial, es recordado por haber sido el encargado de destruir la última resistencia araucana en la Patagonia durante la campaña ordenada por el Congreso de la Nación y comandada por el general tucumano Julio Argentino Roca, luego dos veces presidente constitucional.

Hace muy poco se cumplieron 130 años de esta campaña, en la que nadie fue exterminado. Ni los blancos o huincas, ni los araucanos ni los tehuelches, aunque las tres etnias  tenían toda la intención de eliminarse las unas a las otras.

Como todos sabemos, los europeos llegaron a América en 1492 y la conquistaron en el siglo XVI, si bien las pampas de entonces no ofrecían mayor interés porque los españoles buscaban oro y plata, no maíz y soja, de modo que la codicia de los conquistadores se centraba en Perú, Bolivia -conocida entonces como Alto Perú- y México. El Río de la plata era un lodazal sólo valorado por su posición estratégica en el mapa, dado que, no existiendo todavía el Canal de Panamá- había que dar la vuelta por el peligroso Cabo de Hornos para llegar al rico territorio de Chile, famoso por sus minas.



Así pues, la Argentina de entonces, o más bien el Virreinato del Río de la Plata, fue descripta en sus tiempos como Buenos Aires más once ranchos.

El extraordinario desarrollo de las pampas, donde los pocos vacunos y caballos abandonados por Pedro de Mendoza se convirtieron en rebaños infinitos que tardaban días enteros en pasar frente a los viajeros atónitos, finalmente convirtió a este territorio en una mina de oro… pero de otro tipo. Oro vacuno y caballar. El valor del cuero, la grasa, el sebo y otros elementos, para la naciente industria europea, era infinito. Nació así la Argentina de las estancias.


Un apartado sobre la palabra mapuche

Ningún autor que se refiera a la época de los malones -Jorge Rojas Lagarde, Sarmiento, Mitre, el propio Rosas, el benedictino Meinrado Hux (de Los Toldos), Estanislao Zeballos, sea su orientación proargentina o proindia, menciona a los mapuches. La palabra significa hombre de la tierra, pero hasta 1900 no se mencionó jamás a los mapuches sino solamente a serranos, pampas, puelches, pehuenches, ranqueles, borogas, querandíes y otras mil etnias. Los mapuches no existían. En realidad se los conocía como araucanos y poblaban el territorio de Chile, entre los ríos Toltén y Biobío, y desde el Pacifico hasta la cordillera. Todos los partes de guerra e informes de la época hablan de indios chilenos. Se sabe que la porción sur de la cordillera de los Andes es más baja y transitable, de modo que entre los chilenos de entonces y los pobladores de la Pampa y la Patagonia, hasta el mismísimo Nahuel Huapi, había un contacto fluido. Se intercambiaban ponchos, matras, lanzas, platería y otros artículos valiosos. Así como los araucanos dominaban Chile entre las fronteras mencionadas, incluso reconocidas por el altivo imperio español, los tehuelches imperaban en la Patagonia argentina. Eran dos pueblos muy diferentes. Los araucanos correspondían al tipo andino -estatura media, cuerpo robusto, nuca chata- , los tehuelches pertenecían a un tipo enteramente distinto. El antropólogo Rodolfo Casamiquela, último hablante del tehuelche o gunnuna/kenna, dice haber medido estaturas de 2,10 metros. Eran los antiguos patagones, de gran altura.

Los tehuelches fueron víctimas del alcoholismo, la sífilis y una cierta indolencia en el vivir, mientras que los araucanos de Chile demostraban extraordinario coraje y orgullo militar. Antes de 1810, distintas parcialidades araucanas cruzaron la cordillera: los vorogas de vorohue, los ranqueles instalados en el país de los cañaverales –rancul- y los pehuenches en el reino de las Manzanas, donde florecían los frutales plantados por jesuitas dos siglos atrás. Pero luego aconteció en Chile la "guerra a muerte" entre criollos, indios y sus aliados, formándose hordas encabezadas por los españoles Pincheira y otros bandoleros, que huyeron a la Argentina. Al cabo de unos años, entró al país el cacique chileno Juan Calfucurá -abuelo de Ceferino Namuncurá- con doscientos hombres y, tras pasar a degüello a los loncos o caciques vorogas, obligó a estos indios que habitaban sus toldos en Salinas Grandes, entre La Pampa y Buenos Aires, a optar entre sumarse a la tribu de Calfucurá o sufrir la muerte a cuchillo. Muy pronto el astuto, mítico y valeroso Calfucurá fue considerado el Napoleón de las Pampas, ya que todas las tribus se sometían a sus órdenes. El cacique Coliqueo se llevó algunos vorogas sobrevivientes y acampó cerca de los criollos de entonces.

El cacique araucano Juan Calfucurá

La entrada de Calfucurá data de 1830, pero en 1833 se produce la primera Campaña del Desierto encabezada por Juan Manuel de Rosas y Facundo Quiroga, distinguido hacendado de su tiempo. Se considera que hubo cierto guiño de Rosas a Calfucurá para que viniera a vivir aquí. Imposible verificarlo. Treinta años después, diría Calfucurá: "Yo nací en Chile y soy chileno. Ya van a ver los pampas lo que vale la lanza de un chileno. Pero yo estoy aquí desde hace 30 anos porque me mandó llamar el señor gobernador…"

Omitió aclarar si Rosas lo obligó también a permanecer en la Argentina durante tres décadas, saqueando estancias y secuestrando mujeres. Después de la batalla de San Carlos, donde fue vencido por el general argentino Rivas, murió deprimido el centenario cacique.

Los araucanos impusieron su bella y sonora lengua en todo el territorio argentino. En la Patagonia, todos los toponímicos son araucanos, como Choele-Choel, Tapalquén, Puichi Mauida, Huinca Renancó. El tehuelche, lengua gutural y difícil de traducir, se ha extinguido. Los tehuelches se han mezclado en gran parte con los araucanos de Chile. Hace unas décadas, algunos antropólogos decidieron llamar mapuches a los originarios de uno u otro lado de la cordillera. Pero no cabe duda de que los araucanos fueron invasores de nuestro país, verdugos de los tehuelches o patagones y autores de incontables malones, esas invasiones de hombres montados, que procedían a arrear toda la hacienda de una comarca, dejándola en la última miseria. Se llevaban miles de animales por la "rastrillada de los chilenos" hasta Choele-Choel, donde procedían a su engorde para luego venderlas en Chile, donde nació una prospera clase comercial gracias a los ranchos incendiados, las mujeres violadas, los gauchos degollados y los niños raptados del campo de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.

Para organizar semejante matanza, los araucanos contaron con varios aportes esenciales de origen español: el caballo, que amaestraban maravillosamente, el hierro de los cuchillos y mojarras de las lanzas, el cuero de vaca, el pellón de oveja y el aguardiente o vino.

Reclamado por la desesperada población del campo, Roca acudió por fin con su campaña. No lo hizo como negocio privado, sino cumpliendo una Ley del Congreso de la Nación y del presidente Nicolás Avellaneda. Combatió los últimos remanentes de una coalición de araucanos chilenos, tehuelches argentinos y bandoleros de distinta nacionalidad, pero lo hizo con la ayuda decisiva del cacique Cipriano Catriel, de Coliqueo y sus lanceros. Argentinos.



La Campaña del desierto, se supone, comenzó en 1879 y terminó alrededor de 1881. Pero en realidad continuó varios años más, y las batallas finales fueron libradas por el general Lino Oris de Roa.

El 1° de enero de 1885, los últimos hombres de lanza de Valentín Sayhueque, lonco o cabeza de los pehuenches, se entregaron en el fuerte que hoy es la ciudad de Junín de los Andes. Eran cerca de 3.500 personas, incluyendo hombres de lanza y también chusma, que en lengua mapudungun significa gente que no combate.

A pesar de ello hay que recordar que, durante los malones, así como las mujeres indias se ocupaban de arrear ganado y robar en las casas, lo mismo que los chiquilines, mientras los conas –guerreros- acribillaban a lanzazos a los varones precariamente armados de fusiles a chispa o cuchillas de cocina, todo el enfrentamiento fue integral. Es decir, un pueblo contra otro pueblo, utilizando todas las armas a su alcance.

Aquella rendición de Valentín Sayhueque, en 1885, fue el final de la Argentina del degüello y el principio de la Argentina de la carne, el trigo, los puertos y los ferrocarriles. Nos dejó la bella y clara lengua del chilimapu (país de Chile) y una gran población originaria de la Patagonia.

Todas las naciones han ganado sus territorios mediante la guerra.

Todos somos originarios de otra parte. Los sicilianos, los chilotas, los irlandeses, los gallegos y los piamonteses.

Lino Oris de Roa nació en España en 1845. Apenas llegó a Argentina, siendo muy joven aún, se incorporó al ejército. Se iniciaba una brillante carrera militar. Primero, en la guerra del Paraguay y luego en Entre Ríos en las luchas contra López Jordán. Vino entonces una pausa académica, de 1870 a 1876, durante la cual Oris de Roa fue profesor en el Colegio Militar, del que llegó a ser subdirector.

"Años después cumplió una valiosa campaña de exploración en la Patagonia. Por sus relevantes condiciones se le nombró jefe de las líneas del Río Negro y de la Patagonia, lo que le significó nueve años de residencia continuada en aquellas regiones", dice el Diccionario Histórico Argentino de Piccirilli, Romay y Gianello (Ediciones Históricas Argentinas, 1954).


La Campaña al Desierto se inició en 1879 y concluyó en 1885

El 1° de enero de 1885 tuvo lugar el hecho que tuvo a Oris de Roa como protagonista esencial y que marcó el fin de la Campaña al Desierto, a seis años de su comienzo. Ese día, Valentín Sayhueque (1818-1903) y otros "lonko" llegaron al fuerte ubicado en lo que hoy es Junín de los Andes, con una tropa de 3.200 individuos, mapuches y tehuelches. No habrá enfrentamiento sino rendición.

Ese acontecimiento, hace 132 años, marcó el fin de la resistencia araucana. En el centro y oeste de las actuales provincias de Chubut y Río Negro habían tenido lugar las últimas ofensivas indígenas. Las tropas del ejército argentino que actuaron allí eran comandadas por el entonces teniente coronel Lino Oris de Roa desde la segunda mitad de 1883. Cuatro años después de iniciada la Campaña del Desierto por Roca, seguía la resistencia en esta región.

Oris de Roa parte de Puerto Deseado al frente de un pequeño contingente de 30 hombres, a mediados de 1883. Durante un año y medio buscará localizar la toldería de Sayhueque, habrá varias escaramuzas con los indios, recibirá refuerzos, construirán un fuerte para proteger a las colonias galesas y finalmente librarán un último combate el 18 de octubre de 1884, cerca del Río Genoa, que concluye con un desbande mapuche y la desorganización general de las tropas indígenas.

Faltaba capturar al líder -Sayhueque- para lo cual Oris de Roa parte al frente de tres columnas que, como se dijo, no tendrán que entrar en nuevos combates, ya que el "lonko" se entregó el 1° de enero de 1885. Se presentó con más de 3000 efectivos, de los cuales sólo 700 eran guerreros, y el resto mujeres, niños y ancianos.

Tras su regreso de la Patagonia, Lino Oris de Roa ocupó varios cargos de relevancia en el Ejército: fue secretario, ayudante general y jefe de Estado Mayor. Murió en Buenos Aires, el 17 de junio de 1920.

Sobre el territorio que hombres como él nos legaron construimos una Patria en la que todos los argentinos somos iguales y nuestra Republica es una democracia.

Honor al general Lino Oris de Roa.

jueves, 12 de octubre de 2017

Los araucanos NO SON un pueblo originario de Argentina

Los habitantes de la Patagonia, en épocas de Roca y Avellaneda

Luciana Sabina - @kalipolis
Los Andes




Durante su presidencia Nicolás Avellaneda prácticamente duplicó el territorio nacional y apaciguó la frontera a través de la denostada Conquista del Desierto, uno de los episodios más polémicos de nuestro pasado.

Para conocer esta etapa no ayuda el poco ético "relato histórico" que durante años se difundió en los medios de comunicación. Dejando de lado el contexto en el que actuaron Avellaneda y Roca. Veamos un poco al respecto.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, los aborígenes que habitaban la zona meridional de nuestro territorio ya no eran autóctonos: se trataba en su mayoría de mapuches, llegados de Chile, que desalojaron a los pueblos originales, incluso masacrándolos como sucedió con los vorogas. "El núcleo más poderoso y temible de estos indios -explica Ruiz Moreno- se constituyó cuando el Gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, facilitó el arribo y la radicación de un gran cacique para que, dominando a todos los demás, le permitiese tratar con uno solo y no con la diversidad de ellos. Los nativos originarios del suelo fueron aniquilados por los invasores 'chilenos' y así nació la peligrosa Confederación de Salinas Grandes, establecida en 1834".

El mismo Calfucurá -en carta al general Emilio Conesa- en abril de 1861 lo reconoció: "Le diré que yo no estoy en estas tierras por mi gusto, ni tampoco soy de aquí, sino que fui llamado por don Juan Manuel, porque estaba en Chile y soy chileno; y ahora hace como treinta años que estoy en estas tierras".

Dueños legítimos o no del sur, el principal motivo por el que las autoridades nacionales tomaron cartas en el asunto fueron los malones y el posterior comercio de lo robado en Chile. Llegaron a "vender" a las mujeres cautivas. El gobierno del país vecino estaba al tanto. En 1870 el diputado Guillermo Puelma expresó ante el Congreso chileno:

"En cuanto al comercio: veamos que el de los animales, que es el que más hacen los araucanos, proviene siempre de animales robados en la República Argentina. Es sabido que últimamente se han robado ahí 40.000 animales, más o menos, y que son llevados a la tierra; y nosotros, sabiendo que son robados, los compramos sin escrúpulo alguno, y después decimos que los ladrones son los indios. ¿Nosotros qué seremos?".

Alfredo Ebelot -ingeniero francés que trabajó en la frontera durante algunos años- dejó sus impresiones al respecto:

"País montañoso y agrícola, Chile produce poco ganado y consume mucho, gracias a los robos que efectúan los indígenas, de los cuales aprovecha solapadamente. Allí han sido conducidos los centenares de miles de bestias con cuernos que han ido desapareciendo de las llanuras argentinas desde hace veinte años. El sector de la pampa abandonado a los salvajes es recorrido incesantemente por compatriotas chilenos que van de tribu en tribu engrosando sus rebaños con poco gasto (…) Este comercio escandaloso ha contribuido mucho a perpetuar las incursiones".

Nuestro gobierno protestó formalmente al chileno, pero solo obtuvo respuestas evasivas. La situación era alarmante. Roca, con carta blanca de Avellaneda, tomó las riendas y luego la Patagonia, esa de la que hoy estamos tan orgullosos.

jueves, 10 de agosto de 2017

Araucanos: 10 razones por las que no tienen razón en sus reclamos

Diez verdades sobre los mapuches y sus reclamos


Por Rolando Hanglin - Infobae


Malditos araucanos en la Patagonia argentina


1. Los araucanos -hoy llamados mapuches- no son "originarios" del territorio de la Argentina.

2. Los "patagones", los aborígenes presentes en nuestro territorio, eran los antiguos tehuelches. El último hablante de esta lengua fue el antropólogo Rodolfo Casamiquela, que la aprendió de la familia Cual.

3. La gran invasión araucana comenzó en 1833 y fue encabezada por el lonco chileno Juan Calfucurá que fue el "Napoleón de las Pampas" hasta su muerte en 1873. Lonco es el nombre que los mapuches dan al cacique.

4. Los malones indios incendiaban casas y campos, degollando a todos los varones, robando mujeres por las que pedían rescate y llevando arreos de hasta 50.000 vacunos que luego vendían en Chile. Con gran fuerza militar, los araucanos batieron y absorbieron a nuestros tehuelches, en general pacíficos, cuya lengua ha desaparecido.

5. El cruce de la cordillera estaba custodiado por Santiago Reuquecura, hermano de Juan Calfucurá: cada uno disponía de miles de lanceros a caballo.

6. En los textos de Bartolomé Mitre y de Estanislao Zeballos o en las cartas y documentos de Juan Manuel de Rosas, que son de la época, no existe la palabra mapuche, se habla sólo de pampas, puelches, ranqueles, etc. La palabra mapuche se adoptó en 1950 y el sitio Mapuche Link tiene domicilio en Bristol, Inglaterra.

7. Facundo Jones Huala es blanco o tiene la leve cuota de sangre india que tiene la mayoría de los criollos que habitan estas tierras. Sus dos apellidos, uno galés y otro araucano, son muy frecuentes en nuestro sur.

8. Si mañana tres vikingos noruegos reclamaran el castillo de Windsor en su condición de pobladores originarios, los correrían a azotes.

9. Los llamados "mapuches" son descendientes de chilenos y tienen los mismos derechos que los argentinos de origen piamontés, napolitano o sirio.

10. Creo en la enseñanza de la lengua y las fechas sagradas de los araucanos –así como de las otras etnias aborígenes argentinas-, porque son parte de nuestra historia, incluyendo a las respetables familias Namuncurá, Coliqueo, Huala y el lonco tehuelche Catriel, que colaboró con el Gran Julio Argentino Roca en la pacificación de la Patagonia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Araucanos: Mapuche Nation, el estado cuña que Inglaterra quiere imponer en la Patagonia

The Mapuche Nation, el pueblo originario con sede en Bristol, Inglaterra

El centro de operaciones de la "lucha por la autodeterminación" de los mapuches de Chile y Argentina está ubicado desde 1978 en el nº 6 de Lodge Street, en la ciudad portuaria inglesa. Desde allí abogan por la causa

Por Claudia Peiró | Infobae



En el nº 6 de Lodge Street, Bristol, UK, tiene su sede, desde el año 1978, The Mapuche Nation
"El día 11 de mayo de 1996, un grupo de mapuches y europeos comprometidos con el destino de los pueblos y naciones indígenas de las Américas, y en particular con el pueblo mapuche de Chile y Argentina, lanzaron la Mapuche International Link (MIL) en Bristol, United Kingdom", explican las autoridades de esta organización; a saber, Edward James (Relaciones Públicas), Colette Linehan (administradora), Madeline Stanley (coordinadora de Voluntarios),  Fiona Waters (a cargo del equipo de Derechos Humanos), entre otros.

Reynaldo Mariqueo –el único mapuche– hace las veces de secretario general secundado por Dame-Nina Saleh Ahmed, vice secretaria general.



La organización remplaza al Comité Exterior Mapuche que, recuerdan, "opera internacionalmente desde 1978 a partir de su oficina ubicada en Bristol".

El objetivo perseguido es contribuir al pleno desarrollo de los pueblos indígenas y, "en última instancia, conquistar el derecho a la autodeterminación".


Reynaldo Mariqueo es el “werken”, es decir, vocero o representante

Mientras en el sur de nuestro continente, grupos mapuches, como la agrupación Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) o la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), le declaran la "guerra a Argentina y Chile", y protagonizan actos de sabotaje, incendios y amenazas, la MIL explica –en inglés– que "the Mapuche Nation está situada en lo que se conoce como el Cono Sur de Sudamérica, en el área actualmente ocupada (sic) por los Estados argentino y chileno".

"Su identidad como nación autónoma, unida a la conciencia de ser parte de una cultura, una herencia histórica y una espiritual diferentes ha creado un movimiento sociopolítico inspirado en esas aspiraciones comunes", dice The Mapuche Nation.

EL MAPA DE LA MAPUCHE NATION

El territorio ancestral mapuche según la organización con sede en Bristol abarca todo lo que está al sur del Bío-bío (Chile) y al sur del Salado y del Colorado (Argentina)

Lo que según el sitio británico es el "territorio histórico ancestral" de los mapuches abarca la "Pampa and Patagonia of Argentina" y el sur de Chile. Así lo explican:  "La Nación Mapuche está ubicada en el sur de los territorios que hoy ocupan los Estados de Chile y Argentina –afirma la MIL–. Hace un poco más de 130 años su territorio ancestral, y el de otros pueblos originarios aliados, se extendía desde el sur del río Bío-Bío (Chile) hasta el extremo austral del continente, y en Argentina desde los ríos Colorado y Salado hasta el estrecho de Magallanes", agregan.


Otras actividades del centro de operaciones de Bristol. Aquí, manifiestan contra el gobierno de Chile

En el mismo documento, fijan el año 1860 como el de la "Gran Asamblea Constituyente" en la cual "los más notables representantes del pueblo mapuche" fundaron "un gobierno monárquico constitucional". Y agregan que, "tras la ocupación del territorio del estado mapuche (sic), la Casa Real de dicho gobierno se estableció en el exilio en Francia, desde donde viene operando de manera ininterrumpida desde entonces".

Curiosamente, a la vez que hacen reivindicación de sus derechos ancestrales y su condición "originaria", los mapuches reconocen una dinastía francesa fundada por la ocurrencia de Orélie Antoine de Tounens (1825-1878), un abogado francés y masón que desembarcó en Chile en 1858 y se autoproclamó Rey de la Araucanía y de la Patagonia.


La monarquía mapuche en el exilio: el rey, Jean-Michel Parasiliti di Para o Príncipe Antoine IV, y Su Excelencia Reynaldo Mariqueo, Conde de Lul-lul Mawidha, a cargo de Asuntos Exteriores

"Tanto el gobierno monárquico como el pueblo mapuche en su conjunto jamás han renunciado ni a sus derechos soberanos ni a la restitución de su territorio ancestral", afirman.

La "monarquía mapuche", entonces, además de ser francesa es hereditaria, de modo que sobre los territorios de Araucanía y Patagonia han "reinado" sucesivamente siete soberanos: Gustave-Achille Laviarde o Aquiles I; Antoine-Hippolyte Cros o Antonio II; Laura-Therese Cros-Bernard o Laura Teresa I; etcétera, hasta llegar al actual, Jean-Michel Parasiliti di Para o Príncipe Antoine IV, desde el 9 de enero de 2014.


La organización de Bristol, Reino Unido, tutela los derechos humanos en lo los “territorios mapuches”

La corte de Antonio IV se completa con un "presidente del Consejo del Reino, Su Excelencia Daniel Werba, Duque de Santa Cruz" y con un "miembro del Consejo de Estado y encargado de los Asuntos Exteriores, Su Excelencia Reynaldo Mariqueo, Conde de Lul-lul Mawidha y Caballero de la Orden Real de la Corona de Acero" (y, como vimos, secretario general de The Mapuche Nation en Bristol), entre otros.


El conde Reynaldo Mariqueo, de gira por Europa. Está encargado de las Relaciones Internacionales

Aunque denuncia "invasión", "genocidio", "represión", "espionaje" y otra larga lista de supuestos atropellos por parte de los Estados de Chile y Argentina, la "Nación Mapuche" se pone bajo la protección de un país extranjero y reconocen la dinastía inaugurada por un aventurero.

De hecho, sus territorios ancestrales fueron puestos bajo protección de Francia ya en 1860, lo que claramente implicaba establecer una cabecera de playa de una potencia extranjera en la retaguardia de las jóvenes naciones sudamericanas.

Además de estos documentos fundacionales, de las listas dinásticas y de la historia mapuche, en The Mapuche Nation pueden encontrarse noticias, denuncias y campañas (como una contra el Tratado de Libre Comercio entre Chile y la Unión Europea).








lunes, 12 de junio de 2017

Quieren cambiar el nombre Rauch en honor a los putos araucanos

Querer cambiarle el nombre a Rauch por Arbolito no solo es absurdo, es ofensivo
La iniciativa para modificar el nombre de la ciudad bonaerense es un buen ejemplo de por qué aplicar criterios contemporáneos al pasado es una mala idea

Por Rolando Hanglin |  Infobae



Ayer, una amiga que vive en la ciudad de Rauch me dijo: "Hay una gran polémica en el pueblo. La mitad de la gente le quiere cambiar el nombre por Arbolito y la otra mitad quiere que siga llamándose Rauch".

—No puede ser —respondí.

—¿Cómo que no puede ser? Vengo de allá, acabo de verlo.

—Pero ¿cuántos descendientes de pampas viven en Rauch?

—Ninguno.

—Entonces, todos los habitantes de Rauch serán descendientes de criollos y gringos, que están allí porque Federico Rauch exterminó a los indios.

—Sí, pero la gente tiene sus ideas. Ahora se habla mucho de los pueblos originarios…

Rauch es una ciudad ubicada en el centro de la provincia de Buenos Aires, a 272 kilómetros de La Plata, en el centro de las tierras que, allá por 1850, se disputaban indios y cristianos. Aquello se denominaba vagamente "la frontera". Hoy son parte de una poderosa economía agraria.

Nacido en Weinheim Baden, Alemania, en 1790, Friedrich Rauch participó durante su juventud en las guerras napoleónicas, como San Martín (pero en contra, pues pertenecía al Ejército napoleónico, así como don José era capitán del español) y el propio Michel Sylvestre Brayer, que fue durante la guerra peninsular mano derecha de Napoleón Bonaparte, pero inmediatamente después se sumó al Ejército de los Andes, como muchos otros militares de distintas nacionalidades, sobre todo ingleses y franceses: Miller, Paroissien, Guillermo Brown, el almirante Cochrane.

Rauch se afilió a las tropas argentinas y participó decisivamente en las campañas previas a la Conquista del Desierto que lanzó el gobierno de Buenos Aires a partir de 1830. Había llegado a las Provincias Unidas del Río de la Plata el 23 de marzo de 1819 y se incorporó inmediatamente al ejército como teniente segundo por orden del director supremo, Juan Martín de Pueyrredón. Ascendido a capitán en 1820 y a sargento mayor en 1821, luego fue trasladado al regimiento de Húsares. Alcanzó el grado de coronel con sólo 33 años.

El 4 de agosto de 1827, Rauch se casó con Narcisa Pérez Millán, en San José de los Arrecifes.

El gobernador Martín Rodríguez efectuó tres campañas contra los indios que atacaban la frontera sur entre 1820 y 1824. Delegó el gobierno en su ministro Bernardino Rivadavia. Decía don Martín: "La experiencia nos enseña que la guerra es el único remedio, desechando toda idea de urbanidad. Son enemigos a los que es preciso exterminar".

Por entonces, los malones o las invasiones de indios de lanza causaban estragos en el campo: robaban miles de cabezas de ganado, que arreaban hacia Chile, lo que generaba una rastrillada que se llamó "camino de los Chilenos", y su norma era degollar a todos los vecinos varones. Las mujeres y los niños, por lo general, se agrupaban llorando en las iglesias. Una vez tomado cada pueblo o estancia, las viejas eran sacrificadas, mientras que las mujeres en edad de servir eran secuestradas a lomo de caballo, para servir de concubina de algún capitanejo. Lo que hacían los soldados argentinos, cuando copaban una toldería, no era muy distinto. En aquel tiempo, era materialmente imposible tomar prisioneros. Al menor descuido, estos escapaban con los caballos, y un hombre a pie en el desierto estaba condenado a morir de sed y hambre, terminando como pasto de caranchos, zorros y pumas.

Cuando se habla en este contexto de "los indios pampas" no se está diciendo nada. Los indios se denominaban pampas porque vivían en las pampas, nada más. Pero durante los siglos XVII y XVIII se produjo un proceso denominado "araucanización de las Pampas". Los tehuelches de la Patagonia y la Pampa argentinas, hombres altísimos que formaban pequeñas caravanas, limitándose a cazar y recolectar frutos, fueron invadidos por los araucanos que cruzaron la cordillera desde Chile, acompañados por bandoleros como los Pincheira, de origen español, ya que unos y otros habían sido derrotados por los patriotas chilenos. Una vez en la Pampa, hallaron un gran espacio vital: millones de vacas para carnear y cuerear (una manera de cazar) y numerosas tribus indígenas que se dejaron gobernar. El lenguaje tehuelche desapareció. Los chilenos se fusionaron con los patagones. Todos adoptaron la lengua araucana o mapudungún, así como el toldo tehuelche de piel de vaca, y los indios descubrieron el magnífico negocio de robar ganado y secuestrar mujeres, por las que pedían rescate. Desde 1830, el Napoleón de las Pampas fue Juan Calfucurá, cacique chileno instalado en Salinas Grandes y con agallas para aglutinar a todos. El problema es que el hombre nómade, para colmo provisto de magníficos caballos (que abundaban en estado silvestre) y moharras de hierro español para sus lanzas, necesitaba un gran espacio vital para desenvolverse, y cuando en su tierra empezaba a mermar la fauna, sencillamente se corría a otro lugar, a 500 kilómetros de distancia. No tenía más que desmontar sus toldos de caña y cuero.



Los indios de la Pampa, tanto tehuelches como araucanos, nunca usaron arco y flecha. Sus armas eran la lanza y las boleadoras. Y como no llevaban estribos sino que enganchaban los dedos del pie en un nudo de cuero, no podían usar el peso del cuerpo para dar fuerza al lanzazo, sino que pinchaban repetidas veces al enemigo, desangrándolo, y una vez debilitado lo degollaban con sus afilados cuchillos. Algo similar hacían los cristianos.

Rauch fue asignado a la defensa de la frontera sur de Buenos Aires, secundando a Juan Manuel de Rosas. Los pobladores lo premiaron por su extrema dureza en la lucha con los indios. Se lo conocía en todas partes como "el guardián de la frontera".

Durante 1826, mientras el país se distraía en la Guerra del Brasil, los indios lanzaron un malón de 400 lanzas procedentes de Chile, más 35 españoles de Pincheira, y saquearon prolijamente la ciudad de Salto. Se llevaron todo el ganado. Otro malón procedente de Las Bruscas tuvo lugar en septiembre y arrasó los partidos de Dolores, Chascomús y Monsalvo. Unos mil hombres arrasaron la Cerrillada de los Huesos. En septiembre de 1829, el teniente coronel Morel fue vencido por el cacique Mulato y fusileros pincheirinos al mando de Godé en la Batalla de los Toldos Viejos.

Ante la alarmante avanzada, Rauch realizó tres campañas militares, siempre con una tropa escasa pero con experiencia, de unos mil hombres, entre 1826 y 1827.

El éxito fue total, ya que en todos los casos se rescataron cautivas (algunas con hijos mestizos), ganado y caballos, deteniendo la auténtica carnicería que estaban haciendo los indios en el campo argentino. El grito de terror en los pueblos de la provincia, sin entrar en detalles etnográficos, era: "¡Los indios, los indios!". Estos no tenían mayor preocupación por la pureza de su raza, ya que preferían dormir con cautivas blancas y hacerles hijos, en tanto criaban como propios a los que habían robado de los pueblos y que olvidaban así su nombre y su idioma. Decía el indio de lanza, en aquel entonces: "Mujer blanca mucho linda, mejor que india".

El poeta Juan Cruz Varela homenajeó a Rauch con unos versos: "Te saluda la Patria agradecida y la campaña rica, que debe a tu valor su nueva vida". El 24 de febrero de 1827, el presidente Rivadavia entregó un sable de honor al militar prusiano.



En Buenos Aires tronó la revolución en diciembre de 1828, cuando Lavalle fusiló a Dorrego. Se enfrentaron a continuación unitarios y federales. El general Rosas conducía a estos últimos. Rauch se alineó con los unitarios. Ambos contaban en sus filas con batallones indígenas.

Rauch fue derrotado en el combate de las Vizcacheras, el 28 de marzo de 1829, y en una emboscada le bolearon el caballo y luego lo lancearon y degollaron. El autor material de su muerte fue el ranquel Nicasio Maciel (ya muchos indios llevaban nombres cristianos), apodado Arbolito. Decapitaron a Rauch, abatido junto al coronel Nicolás Medina, y arrojaron su cabeza en la puerta de casa de la madre de su enemigo, Prudencio Arnold, como gesto cordial. Luego la pasearon por Buenos Aires hasta tirarla por ahí, en señal de desafío a los unitarios de la ciudad.

Queda para la historia un parte de guerra de Rauch: "Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas degollamos a 28 ranqueles".

Gracias a hombres como Rauch, sangrientos y valientes, estamos nosotros aquí. ¿Tiene sentido cambiar su memoria por la de Arbolito? Ignoro si existen los descendientes de aquel guerrero. Espero que no les toque ver el olvido de su antepasado y la gloria de quien lo asesinó.

jueves, 25 de mayo de 2017

Conquista del Desierto: Un resumen magistral de Hanglin

Campaña del Desierto: una guerra no es un minué
A punto de cumplirse 140 años de la conquista militar, vale repasar los hechos recordando que es injusto evaluar a personas de otro tiempo con criterios de la actualidad
Por Rolando Hanglin | Infobae



La campaña militar transcurrió desde 1878 hasta 1885

Por supuesto que en la campaña de 1879 se violaron los derechos humanos. También en la Revolución francesa, en la Revolución rusa, en la guerra de 1914 y en la Segunda Guerra Mundial, y por supuesto en la Revolución de Mayo: no olvidar las ejecuciones sin juicio de Santiago de Liniers y don Martín de Álzaga, héroes de la Reconquista.

Una guerra no es un minué. Se cometen atrocidades. Es injusto, por otra parte, evaluar a personas de otro tiempo con criterios de 2017. Pronto se cumplirán 140 años de la Conquista del Desierto, acabada el 24 de mayo de 1879. Pero, en realidad, el conflicto con los indios comenzó en el siglo XVI y se puede decir que concluyó hacia 1890. Imposible resumir tres siglos en estas líneas.

Recordemos que, a partir del siglo XVII, los historiadores y los antropólogos hablan de la araucanización de la pampa. Es decir, los araucanos de Chile, encerrados por la geografía, cruzaron los Andes para ganar espacio en la Argentina, donde abundaban los campos, los ganados salvajes y sólo encontraron la débil resistencia de los tehuelches. Los araucanos resultaron ser una raza militar, dotada de un lenguaje claro y fácil (el mapudungún) que fue adoptado desde La Pampa y San Luis hasta la Patagonia Austral. Hoy ya no quedan tehuelcheparlantes. Las tribus constituyeron una fusión de araucanos y tehuelches, con la lengua de los primeros y la vivienda de los segundos: el toldo nómade. El antropólogo Rodolfo Casamiquela señalaba, asombrado: "Los nietos de tehuelches se declaran mapuches" (!). Tanto el caballo como la vaca y el hierro fueron los aportes europeos a la indiada criolla. El proceso se afirmó cuando el chileno Juan Calfucurá (Piedra Azul) cruzó la cordillera, en 1830, con 200 hombres y atacó por sorpresa a los vorogas, originarios de Vorohué (Chile) pero instalados en Salinas Grandes (La Pampa), y pasó a degüello a sus jefes principales: Alón, Rondeado, Melín y varios otros. La tribu se sometió al temible Calfucurá y este fue proclamado, muy pronto, El Napoléon de las Pampas, y cacique general de la Confederación Indígena con asiento en Salinas Grandes.

Ahora bien, tras una guerra de tres siglos (con intervalos) que se presenten unos "mapuches" a reclamar porciones de territorio argentino es como si unos supuestos vikingos exigieran la devolución del Palacio de Buckingham de Inglaterra, por ser "originarios".
En 1855, el ejército araucano comandado por Juan Calfucurá, aliado de la Confederación Argentina, infligió dos duras derrotas al ejército porteño, la primera a Bartolomé Mitre, en la batalla de Sierra Chica, y luego en San Jacinto al general Manuel Hornos, que comandaba una fuerza de tres mil soldados bien armados: 18 oficiales y 250 soldados resultaron muertos.

El 5 de marzo de 1872, con un ejército estimado en seis mil combatientes, Calfucurá inició la llamada invasión grande a la provincia de Buenos Aires. Mandaba una fuerza integrada aproximadamente por sus 1.500 lanzas de escolta, sumando 1.500 aportadas por Pincén, mil argentinos de Neuquén y mil chilenos traídos por Alvarito. Sólo los ranqueles de Mariano Rosas se apartaron de su mando, aunque pelearon por su cuenta. De esta forma atacaron los pueblos de General Alvear, Veinticinco de Mayo y Nueve de Julio; resultaron muertos alrededor de 300 criollos, cautivos, 500 vecinos y robadas, 200 mil cabezas de ganado.

Los araucanos atacaban, así, durante décadas, asentamientos fronterizos, arreaban caballos y vacunos. Las mujeres capturadas eran retenidas por los guerreros o vendidas y los niños, ofrecidos por un rescate. El ganado robado se vendía a hacendados chilenos, que llegaron a instalar una población sobre el río Neuquén, llamada Malbarco, donde engordaban la hacienda antes de trasladarla a su país. Las autoridades chilenas consentían estas actividades.

Así describía el francés Alfredo Ebelot, constructor de la famosa zanja de Alsina, lo que era un malón o una invasión india: "A eso de las diez una nube de polvo nos anunció que llegaba la invasión. Pronto se distinguió el mugido de los vacunos y, cosa más inquietante, el balido de las ovejas. Catriel venía, pues, arriando sus propias ovejas y todas las que encontró en el camino. Serían unas treinta mil para servir de relleno viviente y cruzar la zanja. Durante cuatro horas vimos sucederse las selvas de lanzas y las inmensas tropas de vacas y de caballos. Había por lo menos 150 mil cabezas de ganado".

Más de mil colonos cautivos y un millón de cabezas de ganado, robadas, fueron el saldo de las incursiones indígenas entre 1868 y 1874.

En 1875, adelantaba Julio Roca su proyecto para resolver el problema indio: "A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del río Negro, es el de la guerra ofensiva que fue seguida por Rosas, quien casi concluyó con ellos". Opinaba Roca sobre la zanja: "¡Qué disparate la zanja de Alsina! Y Avellaneda lo deja hacer. Es lo que se le ocurre a un pueblo débil e infantil: atajar con murallas a sus enemigos".

La guerra del Paraguay (1864-1868) postergó nuevamente el asunto frontera sur. Siguieron los ataques indígenas. Durante la guerra, en 1867, el Congreso Nacional sancionó la ley 215. A través de ella se declaró la frontera sur a la ribera de los ríos Negro y Neuquén, con encargo de entregar a las naciones indígenas todo lo necesario para su existencia fija y pacífica, para lo cual mandó darles territorios a convenir; permitió una expedición general contra aquellos grupos que resistieran a las autoridades argentinas, que serían expulsados más allá de la nueva línea de frontera; autorizó la adquisición de vapores para la exploración de los ríos, la formación de establecimientos militares en sus márgenes y el montaje de líneas de telégrafo. Con gratificaciones para los expedicionarios, mediante una ley especial. Esta decisión se aplicaría 12 años después, en 1879.

Sarmiento inició la modernización del equipamiento básico del ejército nacional, lo que resultó ser de fundamental importancia en la frontera sur, ya que reemplazó los antiguos fusiles y las carabinas de chispa por fusiles de retrocarga Remington y revólveres.

Cuando Nicolás Avellaneda asumió la presidencia, el cacique Manuel Namuncurá le ofreció la venta de cautivos a 40 pesos oro cada uno y, a cambio de no invadir y alimentar a su población y tribus amigas, pidió: "Cuarenta mil pesos oro, cuatro mil seiscientas vacas, seis mil yeguas, cien bueyes para trabajar, telas de seda, tabaco, vino, armas, cuatro uniformes de general, jabón, etcétera".

Adolfo Alsina, primer ministro de Guerra bajo la presidencia de Avellaneda, presentó al gobierno "un plan del Poder Ejecutivo contra el desierto, para poblarlo, y no contra los indios para destruirlos". Entonces se firmó la paz con el cacique Cipriano Catriel, que este último rompería corto tiempo después, cuando atacó junto a Manuel Namuncurá las localidades bonaerenses de Tres Arroyos, Tandil, Azul y otros pueblos y granjas en un ataque más sangriento que el de 1872. Las cifras hablan de cinco mil combatientes indígenas que arrasaron Azul, Olavarría y otros lugares vecinos, de trescientas mil cabezas de ganado, de 500 cautivos y de 200 colonos muertos. Habría que pagar rescate por los cautivos.

El ministro Adolfo Alsina dirigió la defensa de los poblados y las estancias; se concentró en la provincia de Buenos Aires. Respondió al ataque, haciendo avanzar la frontera argentina. Para proteger los territorios conquistados y evitar el transporte de ganado tomado, construyó la llamada zanja Alsina, en 1876, que era una trinchera de dos metros de profundidad y tres de ancho con un parapeto de un metro de alto por cuatro y medio de ancho. La zanja Alsina fue declarada por Argentina una nueva frontera interior con los dominios indígenas: 374 km entre Italó (en el sur de Córdoba) y Colonia Nueva Roma (al norte de Bahía Blanca). Además, Alsina ordenó la instalación de telégrafos para enlazar los fortines a lo largo de la frontera. La construcción de la zanja, al ser sólo una medida defensiva, no resolvía definitivamente el problema de los malones: fue duramente criticada por algunos sectores, partidarios de una acción militar más drástica. Incluyendo al propio Julio Roca.

En cuanto al genocidio, es un término acuñado en 1945, que no se concebía en el 1800. En realidad, tampoco estamos muy seguros de que se condene hoy, salvo en los discursos. El desgarrador destino de los indios fue el mismo que ellos procuraban a los cautivos cristianos.

Luego de los malones producidos en la segunda invasión grande, Estanislao Zeballos dijo que los indígenas se retiraron con un botín colosal de 300 mil animales y 500 cautivos, después de matar a 300 vecinos y quemar 40 casas.

El presidente Avellaneda resolvió la Expedición al Desierto, comandada por su segundo ministro de Guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada 12 años por las dificultades políticas y económicas del país. Decía la ley: "La presencia del indio impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar". Para financiar la expedición, se cuadriculó la pampa en parcelas de diez mil hectáreas y se emitieron títulos por la suma de 400 pesos fuertes cada uno, que se vendieron en la Bolsa de Comercio. Aunque prohibieron la adquisición de dos o más parcelas contiguas, esta venta fue la base de muchas fortunas argentinas.

La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, sobre todo la población del campo, quería terminar con este martirio.

Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, las mujeres y los ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.


Se calcula que en el primer año de la Campaña del Desierto murieron 1300 indígenas en combate

Esta no fue una guerra entre cristianos y "mapuches". Por empezar, la palabra mapuche no figura ni una vez en la copiosa correspondencia de Calfucurá: ver la obra de Omar Lobos, que reproduce textualmente todas las cartas del astuto lonco, redactadas en general por su "escribano", el cautivo chileno Elías Valdez Sánchez, durante el período 1854-1873. Existió una gran fusión de tehuelches y araucanos, gobernada por los indios chilenos que bañaron con su idioma toda la toponimia argentina (desde Chapadmalal hasta Lihuel Calel).

Integraron las tropas argentinas:

-Tribu del cacique Juan Sacamata, tehuelches septentrionales. En 1906, el gobierno argentino, en reconocimiento a su colaboración, les otorgó un territorio de seis mil hectáreas al norte del lago Musters, en el valle de Sarmiento.
-Tribu del cacique Manuel Quilchamal, tehuelches septentrionales cordilleranos.
-Tribu del cacique Catriel, tehuelches septentrionales araucanizados; vivían en la zona de Azul.
-Tribu del cacique Coliqueo, era el resto de los boroganos que se salvaron de la masacre de Masallé; se ubicaban en Los Toldos. Antes, los Toldos de Coliqueo.

Actuaron contra nuestro país:


-Tribu del cacique Tracaleu, araucanos.
-Tribu del cacique Marcelo Nahuel, araucanos.
-Tribu del cacique Juan Salpú, tehuelches septentrionales.
-Tribu del cacique principal Manuel Baigorrita, ranqueles; con sus tolderías en Poitahué.
-Tribu del cacique principal Epumer Rosas (o Epugner Guorr), ranqueles; con sus tolderías en Leubucó.
-Tribu del cacique Reumay-Curá.
-Tribu del cacique Pincén.

Terminada la guerra, el 24 de mayo de 1880, así era el campo de detención de Valcheta según un colono galés: "En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia (…). Estaban cercados por alambre tejido de gran altura. En ese patio, los indios deambulaban, trataban de reconocernos. Ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos, aferrados al alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco en castellano y un poco en galés: 'poco bara chiñor, poco bara chiñor' (un poco de pan, señor)".

Durante este tiempo, los prisioneros fueron trasladados masivamente a la isla Martín García, y luego recluidos en el Hotel de Inmigrantes. El Gobierno dispuso que los niños y las mujeres fueran entregados para trabajar como sirvientes de familias porteñas. El diario El Nacional dio cuenta así: "Entrega de indios. Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia".

Un suelto en el mismo diario, 1884: "La desesperación y el llanto no cesan. Se les quitan sus hijos a las madres para regalarlos ahí mismo, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que, hincadas y con los brazos al cielo, emiten las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas y el padre se cruza por delante para defender a su familia".

En cuanto al genocidio, es un término acuñado en 1945, que no se concebía en el 1800. En realidad, tampoco estamos muy seguros de que se condene hoy, salvo en los discursos. El desgarrador destino de los indios fue el mismo que ellos procuraban a los cautivos cristianos.

Lo que Roca logró, finalmente, concluyendo la obra de Rosas, Alsina y muchos otros, fue acabar con los asaltos a pueblos indefensos. La tierra fértil quedó disponible. En menos de 25 años, la Argentina era conocida como el granero del mundo. También se evitó la consolidación de un Estado tapón de matriz araucana, que pudo terminar en manos chilenas o británicas. Es decir, fue propiamente una ocupación del territorio argentino, en la que no hubo combates sino batidas. Y la Patagonia dejó de ser res nullius o 'tierra de nadie', tentación para las potencias.

Pero decía la verdad el cacique Mariano Rosas cuando, ante las promesas de paz de Lucio V. Mansilla, respondía: "Ustedes, los blancos, en cuanto puedan nos van a matar a todos. Nos han dado vicios para que no haya malones: aguardiente, vino, tabaco, yerba, azúcar… pero no nos enseñaron a trabajar".

Verdad: en las raciones de los caciques figuraban mazos de naipes, acordeones, vino carlón y pañuelos de colores, pero no pidieron (y nadie les dio) ni semillas, ni un arado, ni una pala.

Ahora bien, tras una guerra de tres siglos (con intervalos) que se presenten unos "mapuches" a reclamar porciones de territorio argentino es como si unos supuestos vikingos exigieran la devolución del Palacio de Buckingham de Inglaterra, por ser "originarios".