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lunes, 22 de enero de 2018

Crisis del Beagle: El encuentro de El Plumerillo

Videla-Pinochet: a 40 años de las reuniones que dejaron a la Argentina y Chile al borde de la guerra

En enero de 1978 se encontraron en la base aérea El Plumerillo; diez meses después, con las tropas de ambos países desplegadas en la zona de conflicto, el papa Juan Pablo II evitó el enfrentamiento



Juan Manuel Trenado || LA NACION



Las fotos los mostraron sonrientes. No faltaron los abrazos. Pero toda la serenidad y las supuestas buenas intenciones que mostraban cuando estaban frente a la prensa eran una fachada que ocultaba la tensión puertas adentro.

El 19 de enero de 1978, en plenas dictaduras tanto en la Argentina como en Chile, los presidentes de facto Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet tuvieron una reunión para intentar acercar partes y poner fin al conflicto del Beagle. Fueron doce horas de encuentro en El Plumerillo, Mendoza.


Hubo otra reunión un mes después, en Puerto Montt, que duró 13 horas. Se repitieron buenos augurios en los discursos de ambos. Se habló de hermandad y de lazos de sangre entre ambas naciones. Hasta firmaron un acuerdo para continuar con las negociaciones.

Pero el clima no era el mismo en la intimidad. "El discurso de Pinochet causó desagrado y sorpresa", se escribió en LA NACION tras el cónclave en Chile. Videla, al volver a la Argentina, se reunió con el jefe de la Aramda, el almirante Emilio Eduardo Massera, y analizaron las distintas alternativas en caso de llegar a un desenlace bélico.



Videla lo reconoció años después: "Pinochet me planteó un problema: ¿Qué hacer? ¿Retirarme al frente de mi delegación y romper la posibilidad de una negociación que, más allá de ese discurso inesperado, había quedado plasmada en el documento firmado? Opté por una respuesta de circunstancia sobre la hermandad entre ambos países, la complementariedad comercial. Me pareció lo mejor: no quise romper todo. La comisión que me acompañaba se enojó conmigo; consideró ese discurso como una aflojada. En la Argentina también cayó muy mal: los comandantes se sintieron todos halcones", dijo el represor Videla en el libro Disposición Final.

"El Día D, la Hora H, ya habían sido determinados. La invasión sería el sábado 23 de diciembre. No queríamos que coincidiera con Navidad"
Jorge Rafael Videla, en el libro Disposición Final

Apenas cuatro días después, el ministro de Relaciones Exteriores, vicealmirante Oscar Montes, transmitió un mensaje al pueblo en el que expresó que la Argentina consideraba nulo el laudo arbitral británico que daba lugar al reclamo chileno. Ambos países habían acordado en 1971 que esa sería la vía para resolver el litigio por la delimitación de los espacios marítimos en el extremo sur y, en especial, en el canal de Beagle.

La explicación sobre el rechazo argentino ya la había adelantado el canciller Montes: "La Argentina, asistida por destacados internacionalistas, ha encontrado en el laudo errores de derecho que son inaceptables. No se trata de una posición caprichosa de un mal perdedor".

¿Qué reclamaba la Argentina?

El mismo Montes lo comentó: "El desconocimiento del protocolo de 1893 como instrumento adicional y aclaratorio del tratado de 1881 y el hecho de que se haya fallado sobre zonas que no están comprendidas dentro de la parte cuestionada. Asimismo, puede establecerse que se han cometido errores de carácter histórico y geográfico, como por ejemplo, cuando se determina que el océano Atlántico llega hasta la Isla de los Estados y no hasta el cabo de Hornos".


Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla, el 19 de enero de 1978; se reunieron en El Plumerillo, Mendoza. Foto: LA NACION 

La tensión era tal que, incluso hasta 24 horas antes de la primera reunión, los medios chilenos señalaban que era difícil que se llevara a cabo el encuentro. "Las cancillerías de las dos naciones deben extremar sus esfuerzos para que la entrevista se produzca", publicó el diario La Tercera.

En el encuentro en Mendoza, las medidas de seguridad fueron estrictas en la IV Brigada Aérea de El Plumerillo. Tras la reunión, un comunicado oficial indicó: "Se sentaron las bases para la concreción de un entendimiento que permitirá dar solución a los aspectos de interés común". Y más allá de los semblantes serenos de los mandatarios tras despedirse, los enviados describieron que durante el encuentro pudo verse a los asistentes de los dos países corriendo nerviosos por los pasillos, llevando carpetas y datos para aportar a la fundamentación en la charla.



El diario La Segunda, de Chile, publicó: "Nuestro país está dispuesto a acudir a nuevas instancias jurídicas para aclarar sus derechos. Argentina rehuye tales instancias. En consecuencia, las vías no negociadas que excluyan la posibilidad bélica favorecen a Chile. Las negociaciones directas tienden a favorecer a Argentina. [.] Sobre esta base, el papel más difícil en la reunión le corresponde al presidente chileno".

En la reunión en Puerto Mont un mes después, el dictador Pinochet dijo en su discurso: "Ha quedado taxativamente establecido que las negociaciones no configuran modificación alguna de las posiciones que las partes sostienen con respecto al laudo arbitral en la región. Mi gobierno ratificó en forma oficial y pública que, de acuerdo con los compromisos previstos, la delimitación de las jurisdicciones en esa región quedó refrendada en forma definitiva en la sentencia de Su Majestad Británica. Por lo tanto, las negociaciones a realizar en ningún caso afectarán los derechos que en esa área el laudo reconoció para Chile".

"Llegamos al borde de la navaja. No fuimos a la guerra, pero si hubiéramos entrado en ella no nos habría ido tan mal " 
Augusto Pinochet, en el libro Diálogos con su historia
En los meses siguientes, la escalada de tensión fue más intensa. Ambos países desplegaron sus tropas en las zonas de conflicto. El 20 de diciembre, la Cancillería argentina replicó con dureza una carta de Chile: "Solo reitera conceptos ya conocidos y [.] no satisface las mínimas expectativas que alientan al Gobierno argentino en su propuesta de continuar con las negociaciones".

En el mismo sentido, Videla respondió una carta al entonces presidente de los Estados Unidos, James Carter, en la que transmitía su preocupación: "La persistencia de la actitud chilena es atentatoria a legítimos e irrenunciables derechos argentinos".



Al mismo tiempo, el embajador argentino en las Naciones Unidas, Enrique Ros, presentaba ante el Consejo de Seguridad una nota de carácter urgente en la que acusaba a Chile de emplazar destacamentos militares provistos de artillería en las islas ubicadas en los mares en disputa.

La Argentina estaba dispuesta a la ocupación de las islas Picton, Nueva y Lennox el 22 diciembre de 1978, para luego atacar el territorio chileno. El plan de de batalla ya estaba definido, tal como contó LA NACION en una investigación en 2003.

"Optaron por comenzar el conflicto con Inglaterra, creyendo ganarle muy pronto para enseguida atacar a Chile con toda su fuerza. Fue una equivocación técnica y estratégica"
Augusto Pinochet
A horas de que se desatara la guerra, fue la intervención directa de Juan Pablo II la que impidió el conflicto. El cardenal Antonio Samoré fue designado por el Papa. La Argentina postergó su plan para analizar el pedido de la Iglesia. Y cuando caía la noche, la Junta Militar aceptó la mediación.

La propuesta de Juan Pablo II fue darle la soberanía sobre las islas a Chile, pero le ofrecía una zona marítima común para el comercio de ambos países. La Argentina dejó pasar el plazo y la tensión creció en 1981. Hubo nuevas amenazas y provocaciones.

Fue la Guerra de Malvinas la que desvió la atención de ese conflicto. La posterior llegada de la democracia derivó en el plebiscito convocado por el presidente Raúl Alfonsín . El 82% (10,4 millones de votos contra 2,1) de la población eligió aceptar la propuesta papal. Y el Tratado de Paz y Amistad de noviembre de 1984 le puso fin a más de cien años de conflictos en la zona.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

SGM: Japón y Rusia buscan "formalmente" terminar la guerra

La Segunda Guerra Mundial nunca terminó "formalmente" - Rusia y Japón podrían cambiar eso pronto
Daniel Sneider, Noah Sneider, Política Exterior
Business Insider


El presidente de Rusia, Putin, y el primer ministro japonés, Abe, estrechan la mano antes de sus conversaciones en Beijing, China. Reuters / Kyodo

Si todo va según lo planeado, el primer ministro japonés Shinzo Abe entrará en un baño de vapor la próxima semana con el presidente ruso, Vladimir Putin, en una fuente caliente en la ciudad natal de Abe Nagato, que enfrenta a Rusia a través del mar de Japón.

El objetivo de Abe al recibir a Putin en un onsen tradicional, como se conocen los baños de aguas termales, no es nada menos que hacer historia - persuadir al líder ruso para que finalmente firme un tratado de paz que formalmente establezca la Segunda Guerra Mundial.

Este acuerdo ha eludido a los líderes rusos y japoneses muchas veces desde su primer intento fallido en 1956, siempre en una disputa sobre una serie de islas que corren a kilómetros de la isla norteña de Hokkaido en Japón y fueron capturados por el Ejército Rojo en los últimos días de Esa guerra.

Para Abe, esta cumbre onsen es tanto personal como estratégica. Ha invertido una cantidad sin precedentes de capital político y tiempo personal construyendo una relación con Putin, manteniendo más de una docena de reuniones con el líder ruso desde que Abe asumió el cargo hace unos cuatro años. Sus ministros de Asuntos Exteriores y Económicos han estado viajando de ida y vuelta a Rusia para sentar las bases para la cumbre, realizando una visita final el fin de semana pasado.

Al parecer, Abe anhela cumplir el sueño de su padre, Shintaro Abe, también un político conservador líder durante más de tres décadas que se remonta a finales de 1950. En la década de 1980, cuando era ministro de Relaciones Exteriores, el anciano Abe pasó años forjando lazos con el entonces líder soviético Mijail Gorbachov con la esperanza de que un acuerdo de paz lo convirtiera en primer ministro. Su hijo también quiere impulsar una cuña geopolítica entre Rusia y China y afirmar la capacidad de Japón para forjar su propia política exterior más allá de los límites de la alianza con los Estados Unidos.

Putin también tiene mucho en juego en las aguas termales. Espera conseguir que Japón rompa sus filas con el régimen de sanciones de Occidente después de Crimea, atraiga un flujo de inversiones japonesas, especialmente en el dilapidado Ruso Extremo Oriente y, no de forma incidental, envíe un pequeño mensaje a Beijing de que Rusia tiene otros benefactores en Asia .


El primer ministro japonés Shinzo Abe y su esposa Akie (detrás de Shinzo Abe) prestan sus respetos a una tumba de su padre y ex ministro de Relaciones Exteriores Shintaro Abe en Nagato, Japón occidental, en esta foto tomada por Kyodo el 14 de agosto de 2015. REUTERS / Kyodo

No en el baño, pero borboteando bajo la superficie, es un tercer actor en este drama: el recién elegido presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Su visión aparentemente benigna de Putin le da a Abe mucho mayor margen de maniobra para forjar un acuerdo que Washington ha bloqueado activamente en el pasado, volviendo a las conversaciones abortadas en 1956.

Pero la actitud de trato de Trump puede tener un efecto de doble filo. Si Putin tiene razones para creer que la unidad occidental sobre las sanciones rusas pronto se resquebrajará por sí misma, tiene menos incentivos para ser conciliador con Abe en forma de concesiones territoriales.

Podría bajar a ese baño de aguas termales - y si Putin y Abe entran en él realmente la intención de llegar a un acuerdo.

Para comprender este momento, primero debes ponerte en la isla envuelta en niebla de Kunashir. Junto con las islas de Iturup, Shikotan, y el grupo Habomai, este es un territorio reclamado por ambos países. Para Rusia, estos son los "Kuriles del Sur", una parte de la cadena de islas Kuril, una vez tomada por el Japón imperial y "liberada" durante la Segunda Guerra Mundial.

Japón ganó el control de las islas en un tratado 1855 y amplió su asimiento en la región para incluir la mitad meridional de Sakhalin como resultado de la guerra Russo-Japonesa de 1905. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, unos 17.000 japoneses vivieron en las islas.

Un monumento de piedra roja en Kunahsir rinde homenaje a los soldados del Ejército Rojo que cayeron en los últimos días de la guerra. Hoy en día, tropas fronterizas rusas están estacionadas en las islas, que forman una cerca de piquete a lo largo de un lado del mar de Okhotsk, un bastión para los submarinos rusos de misiles balísticos. Hokkaido es visible a través de un estrecho canal.

Pero para muchos japoneses, ese canal no marca el límite de su territorio. Las islas controladas por Rusia, para ellos, son los "Territorios del Norte", tierras japonesas que los soviéticos capturaron ilegalmente. La falta de solución a esta disputa ha dejado a los dos países, más de 70 años después, sin un tratado de paz para poner fin formalmente a su guerra.

Si las islas son de gran importancia estratégica, no fue evidente durante una visita a Kunashir en 1991, justo antes del colapso de la Unión Soviética. La triste ciudad portuaria de Yuzhno-Kurilsk era entonces el hogar de sólo 7.000 pescadores y sus familias, trayendo el cangrejo, el salmón y otros mariscos de las aguas ricas alrededor de las islas a una fábrica de enlatado enlatado.

Las aeronaves aterrizaron en una franja emergida en chapas onduladas, un aeropuerto originalmente construido bajo el dominio japonés, y los visitantes viajaban por carreteras llenas de tierra. Los visitantes de este remoto rincón del Imperio ruso eran - y siguen siendo - raros, y los isleños en particular se quejaron de la negligencia de Moscú.

En aquellos días, los isleños estaban principalmente interesados ​​en atraer a turistas e inversionistas japoneses y pasaban sus tardes viendo ansiosamente el extraño mundo de los programas de televisión japoneses nocturnos con mujeres escasamente vestidas, una novedad excitante entre el tedio de la programación soviética.


Las niñas dejan la escuela en Yuzhno-Kurilsk, el asentamiento principal en la isla Kurile del sur de Kunashir el 14 de septiembre de 2015. REUTERS / Thomas Peter

En los últimos años, el gobierno ruso se mostró interesado en las islas, enviando altos líderes y anunciando nuevas inversiones en instalaciones de vivienda y defensa. Sin embargo, la población total no ha cambiado mucho - hay aproximadamente 19.000 personas en las cuatro islas, incluyendo Kunashir - y la región sigue subdesarrollada.

Como durante la era de la perestroika, los rusos han colgado una ganga sobre la cuestión territorial a cambio de una afluencia de inversión japonesa. El punto de referencia para un acuerdo es un acuerdo de 1956 en el que el gobierno japonés aceptó la posición de que el regreso de las dos islas más pequeñas - Shikotan y los islotes deshabitados de Habomai - sería suficiente para concluir un tratado de paz.

El último esfuerzo serio de la negociación ocurrió en 2000-2001, temprano en el gobierno de Putin. Según Kazuhiko Togo, que encabezó el equipo de negociación del Ministerio de Relaciones Exteriores japonés en 2000, el lado japonés impulsó la idea de retraso en la soberanía, sugiriendo que los japoneses recuperarían el control de las dos islas más grandes en un futuro indeterminado. Los rusos rechazaron esa idea, pero volvieron a poner sobre la mesa la posibilidad de volver a la oferta de 1956 de las dos islas más pequeñas.

Desde entonces, los japoneses y los rusos han hablado de un acuerdo "dos más alfa", con "alfa" significa algo más allá de los términos de 1956, pero no necesariamente todo el territorio. El quid pro quo siempre ha involucrado la inversión japonesa en Rusia. Cuando Putin, un aficionado al judo, regresó a la presidencia en 2012, después de servir un mandato como primer ministro, declaró que estaba preparado para aceptar un hikiwake, un término de judo para un sorteo - y una aparente referencia a la oferta territorial de La década anterior.

Abe también regresó al poder como primer ministro en 2012, luego de un breve y fallido período en 2006-2007. Tiene una reputación bien merecida como el estandarte de los nacionalistas conservadores, para quienes devolver las islas es un poderoso símbolo de la restauración del orgullo y la dignidad perdida al final de la guerra.

En abril de 2013, Abe llevó una gran delegación económica a Moscú, y en febrero de 2014, fue uno de los pocos líderes mundiales en asistir a la conferencia. Sochi y sentarse al lado de Putin.

El Japón se unió formalmente con Occidente al imponer sanciones a Rusia (aunque las medidas japonesas eran mucho más suaves que otras). Pero Abe volvió al papel del pretendiente este año, dirigiéndose a Sochi en mayo para una visita que incluyó una reunión de la puerta cerrada sin ayudantes.

Para el Japón, Rusia ya no es una amenaza directa a la seguridad, observa James Brown, profesor con sede en Tokio, quien ha estudiado detenidamente la relación russo-japonesa. "Sin embargo, una cuasi-alianza entre Rusia y China es una preocupación estratégica para Japón, especialmente si se acompaña de una reducción del compromiso de Estados Unidos con Asia Oriental", dice Brown.

El objetivo no es formar lazos estrechos con Moscú, sino más bien evitar que se meta totalmente en los objetivos de Beijing en la región. Los funcionarios japoneses han seguido insistiendo en que aceptarán nada menos que el regreso de todas las islas. Pero, dice Togo, el ex diplomático japonés, "ahora hay una nueva lógica estratégica para Japón - una respuesta al surgimiento de China. Abe entiende esta lógica: "Un acuerdo territorial" obligará a China a tomar a Japón más en serio ", agrega Togo, que está entre los defensores más prominentes de un compromiso.


El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, observa al presidente de China, Xi Jinping, durante una ceremonia de bienvenida del Foro de Cooperación Económica de Asia y el Pacífico (APEC), en el Centro Internacional de Convenciones del lago Yanqi, en Beijing, 11 de noviembre de 2014. -Hoon

La elección estadounidense abrió más espacio para un posible acuerdo. Abe cree que podría usar la posibilidad de que Japón haga una ruptura de facto del régimen de sanciones occidental como apalancamiento para un mejor acuerdo, según analistas japoneses. La elección de Trump parece ofrecer una oportunidad aún mayor, con una transición que distrae y una administración amistosa a Putin.

Pero en las últimas semanas, al menos a nivel oficial, ha habido un esfuerzo para amortiguar las expectativas. "Se cree ampliamente en Japón que Putin simplemente quiere esperar y ver cómo Trump se acerca a Moscú después de asumir el cargo y es por eso que perdió su apetito para llegar a un acuerdo con Tokio por el momento", dice Junji Tachino, veterano extranjero -política escritora en el diario japonés Asahi Shimbun. "Si Trump se mueve para arreglar la relación con Moscú, entonces la motivación de Putin para usar a Japón como una potencial grieta en el régimen de sanciones disminuirá".

El ministro ruso de Relaciones Exteriores, Sergei Lavrov, emitió una nota pesimista tras las conversaciones previas con su homólogo japonés, Fumio Kishida, el sábado en Moscú. "No es fácil superar la brecha en las posiciones principales de ambos lados", dijo Lavrov. Para cuando Kishida regresó a casa, incluso el optimismo de Abe parecía desinflado. "Este no es un problema que se pueda resolver en una sola reunión", dijo Abe a funcionarios japoneses el lunes.

En el período previo a la cumbre, Rusia hizo su postura inflexible sobre la cuestión territorial clara. En el Foro Económico Oriental en Vladivostok, Putin le dijo a Bloomberg que Rusia no "comerciaba con territorios". A finales de noviembre, las fuerzas armadas rusas movieron misiles anti-buque contra los kuriles, un paso demostrativo que atrajo las reprimendas de Tokio.

Para la élite rusa, "no hay una respuesta clara a la razón por la que Rusia necesita Japón", dice Alexander Panov, un ex embajador ruso en Japón, quien señala que Putin es personalmente más inclinado hacia una Que sus asesores.

Los analistas rusos dicen que la única fórmula posible está en los acuerdos de 1956. Pero incluso si Abe concediera aceptar las dos islas más pequeñas (un paso que pocos rusos esperan), Rusia todavía puede no moverse. "La intriga más grande es lo que Rusia haría si Japón acepta las" condiciones 56 ", dice Dmitry Streltsov, del Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú. "Sería un momento de verdad".

Incluso si se puede llegar a un acuerdo, puede ser difícil venderlo al público ruso. Las islas tienen un peso simbólico como parte de la victoria del país en la "Gran Guerra Patriótica" (como Rusia llama la Segunda Guerra Mundial), un pilar sagrado de la identidad nacional que es central a la ideología de Putin.

Los partidarios de la línea dura sostienen que las ricas pesquerías de las islas son demasiado valiosas económicamente para renunciar y que la entrega de cualquiera de los territorios amenazaría el uso del Mar de Okhotsk como base para los submarinos nucleares rusos. Además, argumenta Anatoly Koshkin, de la Universidad Oriental de Moscú, un oponente al compromiso: "Nadie puede prometer que la infraestructura militar estadounidense no aparecerá en las islas".

La óptica también presenta un obstáculo significativo para Putin. A pesar de ver positivamente a Japón, un abrumador 78 por ciento de los rusos están en contra de dar las islas a Japón, mientras que sólo el 7 por ciento favorece hacerlo, según una encuesta realizada en mayo por el Levada Center, un encuestador independiente.


78% de los rusos están en contra de dar las islas a Japón. Reuters / Sergei Karpukhin

El setenta y uno por ciento también estaba en contra de un acuerdo de transacción que implicaba la transferencia de las dos islas más pequeñas. Una campaña de propaganda concentrada en la televisión estatal podría ayudar a cambiar las opiniones, observa Streltsov. Pero incluso entonces, sería difícil vender para un líder que ha apostado su autoridad en ser el protector del pueblo ruso. "Especialmente después de Crimea, Putin tiene una imagen como el coleccionista de tierras rusas", dice Koshkin.

Putin podría haber estado más dispuesto a asumir ese riesgo cuando conoció a Abe en Sochi en mayo y enfrentó una economía estancada, un régimen de sanciones sorprendentemente resistente y la perspectiva de un gobierno hostil de Hillary Clinton. Pero siete meses después, se parece menos al paria de los asuntos mundiales y más a la vanguardia de los movimientos populistas y nacionalistas ascendentes en todo el mundo.

Las elecciones presidenciales de Francia del próximo año contarán con una lista de candidatos amistosos de Moscú dispuestos a levantar las sanciones. La alabanza de Trump a Putin, mientras que ninguna garantía de mejores relaciones una vez que él asume la oficina, ofrece por lo menos Moscú una oportunidad tentadora. Ahora Abe es el que se preocupa por su relación con Washington, como lo demuestra su reciente visita a la torre dorada del presidente electo en Nueva York.

Abe enfrentará su propia reacción nacionalista si concede demasiado a Putin. "Aceptar un acuerdo que podría haber tenido en 1956 equivaldría a reconocer que los últimos 60 años de esfuerzos habían sido totalmente insignificantes", dice Brown, el profesor con sede en Tokio. "Un líder japonés que adopte esta postura valiente sería devastado por la derecha y gran parte de la prensa".

Incluso sin un avance inmediato en la disputa de la isla, ambas partes estarán interesadas en demostrar el progreso. En 2015, después de la caída del precio del petróleo y de otro 28 por ciento hasta septiembre de este año, la tendencia a la baja de la balanza comercial se reducirá un 30 por ciento en términos de dólares.